LA VIE EN ROSE

Era una soleada tarde de otoño, una brisa aterciopelada apenas lograba barrer las hojas secas dispersas por las estrechas veredas.
Un anciano se deleitaba recorriendo San Telmo, zona de venta de antigüedades por excelencia.
Amaba perderse en los ceñidos pasillos de las tiendas abarrotadas de reliquias, testigos mudos de infinidad de historias: algunas, románticas; otras, trágicas; otras, misteriosas.
Después de explorar en varios negocios, decidió entrar a un bar. Le apetecía un café bien cargado con mucha azúcar.
Cruzó la calle distraído en los planes que tenía para esa semana. Al alcanzar la vereda, se topó con una vidriera que le llamó la atención. Sobre un espectacular piano blanco cubierto por un mantón de Manila de seda naranja descansaban una decena de estatuillas de bailarinas en bronce. Una de ellas lo cautivó, le recordó a su único amor...un amor latente en las brumas del pasado.
La compró sin regatear.
Con su singular adquisición entró al bar y buscó una mesa apartada.
El mozo apareció solícito. "Un café doble, por favor".
Cuando se disponía a endulzarlo, una voz melodiosa le susurró: "¿Por qué tanta azúcar? Es perjudicial a la salud". Sonrió, ella siempre lo retaba como si fuera un chiquillo.
Sacó a la bailarina de su envoltorio. Su imagen lo hechizó. "Ma petite ballerine", suspiró.
El agradable sabor del café sumado al melancólico tango que se escuchaba de fondo, lo transportó a otra época, una época en que era feliz.
_ Amor, hoy, después de la función, te prometo que cenaremos solos, sin intromisiones.
_ ¿Me lo juras? Te quiero para mí, únicamente para mí _ contestó el joven mientras la besaba en el cuello. Su perfume con fragancia a vainilla lo embriagó.
_ ¡Egoísta! _ una cascada de risas inundó la habitación.
_ Mañana viajas a Trelew y vaya a saber por cuánto tiempo...
_¡Qué exagerado! Son cuatro funciones, en unos pocos días estaré de vuelta en tus brazos.
_ Es que todavía no te has ido y ya te extraño. Te amo "ma petite ballerine".
_ Adoro cuando me llamas así.
_ Y yo adoro hacerte el amor lentamente...en tu boca está el Paraíso.
_ Siempre estarás en mi corazón. Ni la muerte me apartará de tu lado..._ ella le susurró antes de caer enlazados sobre la alfombra. 
En el tocadiscos sonaba La vie en rose. La voz profunda de Edith Piaf los atrapó en un juego amoroso del que no querían escapar.
Exhaustos, plenos...terriblemente felices, se refugiaron en uno de los sillones de la sala de estar. 
Esa noche, ella brilló en "El Cascanueces" como el Hada de Azúcar. Sus movimientos flexibles, seductores, guiados por los violines y las arpas, cautivaron al público que la ovacionó.
A la mañana siguiente, se despidieron en el Aeroparque. Fue la última en abordar. Un último beso...fue el último beso.
El avión después de despegar, se precipitó sobre las aguas del Río de La Plata. No hubo sobrevivientes."
¿Otro café, señor?
_ No, gracias, la cuenta.
Colocó nuevamente a la bailarina dentro de la caja. En el ambiente sonaba otro tango, tan nostálgico como el anterior.
Con paso cansino se dirigió a una parada de taxis.
De pronto le pareció percibir el aroma a vainilla que tanto amaba. Sonrió. "Gracias por estar siempre a mi lado. Je t'aime ma petite ballerine á l'éternité et plus...hasta la eternidad y más allá."

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