SECRETOS COMPARTIDOS EPILOGO

Abrió el sobre. Comenzó a leer la carta con ansiedad. Su abuela la había escrito unos días antes de su muerte.

"Kedves Ana (querida Ana) :
                    
                 Si estas leyendo estos renglones es porque ya has descubierto mi secreto. Nadie conoce esta época de mi vida, ni siquiera tu padre, sólo tú.
Me es imposible expresar en palabras el agudo dolor que me traspasó el corazón cuando recibí aquel maldito telegrama que me comunicaba la muerte en batalla de mi adorado Francis. El tiempo cicatrizó mi herida, pero su recuerdo me persiguió amorosamente en mis sueños.
Volví a amar, nunca con la intensidad y la entrega de mis dieciocho años. Edad maravillosa que me nutrió de sueños y anhelos, que el destino, carrusel de emociones, se encargó de hacer trizas.
La vida,  arca llena de sorpresas, me presentó una segunda oportunidad para ser feliz. Me aferré a ella y luché con todas mis fuerzas para vencer a mi inseparable compañera, la tristeza.
Ruego a Dios por tu felicidad, es el bien más preciado que pueda poseer una persona. La felicidad trae aparejada la paz...la serenidad.
 ¿Recuerdas la frase de "El Principito", que leímos juntas en las tardes lluviosas? "Haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad. Sigue el camino de tus sueños, az én kis (mi pequeña), que nadie te lo impida.
Escucha a tu corazón, él nunca se equivoca.
Persigue al amor, al verdadero amor, ése al que nunca se lo olvida y que como piedra preciosa permanece por siempre, engarzada en el alma.
El amor verdadero es un sello que te marca a fuego, yo lo conocí, yo lo viví, nunca fui tan feliz como en aquellos días.
Mi esperanza es reencontrarme con él en la eternidad. Es mi esperanza también, que tú encuentres al verdadero amor, sentimiento sublime que tiñe tu entorno de los colores del arco iris.
Me despido con estos versos de mi poeta preferido. Ellos encierran mis sentimientos por Francis, que he guardado durante todos estos años en silencio y que hoy, sin vergüenza, puedo confesar.
Gracias por aceptar ser mi confidente, én kincsem (mi tesoro).
"Podrá nublarse el sol eternamente
 podrá secarse en un instante el mar,
 podrá romperse el eje de la tierra
 como un débil cristal.
 ¡Todo sucederá!
 Podrá la muerte cubrirme
 con su fúnebre crespón,
 pero jamás podrá apagarse
 la llama de tu amor".
En édes méz megcsókolja Ana, nagymama (abuela) Ethel."

Sonrió. "Besitos de miel", aún resonaba en sus oídos ese dulce latiguillo. Cada vez que se despedían, ella le pedía..."Besitos de miel para la abuela Ethel".
Guardó la carta dentro del diario, y con ambos tesoros bajó las escaleras, esta vez con el corazón ligero y con un juramento : buscar el amor verdadero y vivirlo intensamente.




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